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Un blog de relatos eróticos y cocina con solera. Los relatos narran las aventuras de cuatro mujeres divorciadas y sus conversaciones sobre sexo y hombres. Las recetas se elaboran siguiendo viejos cuadernos de cocina, escritos a principios del siglo XX


sábado, 29 de diciembre de 2012

ORGÍA DE CHOCOLATE

...Esparció el chocolate por su cuerpo, hundió la cara en su vientre y escarbó el ombligo dulce con la punta de su lengua...
    Cuerpos pegados, lenguas atadas, gemidos que estallaban en los labios y manos que se apresuraban para desabrochar botones. En la cocina del apartamento de WynieEl Muchacho de Mirada Transparente se relamía sus labios encarnados mientras dejaba al descubierto los pechos redondos y los pezones turgentes de una mujer que le fascinaba y le inquietaba por el hecho de que podría ser su madre. LA EDAD DEL AMOR Admiraba su piel tersa, sus nalgas prietas y la flor rosada que asomaba al pubis, apenas oculta por un vello incipiente.
    La agarró por la cintura y la subió a la encimera de la cocina. Cogió uno de los yogures de chocolate que acababa de comprar en el supermercado SEXO INESPERADO lo abrió y hundió sus dedos en la crema. La untaba cuidadosamente por toda la superficie de los pechos de Wynie con la mano derecha, y con las yemas de los dedos de su mano izquierda rozaba los pezones rebosantes de chocolate que crecían con sus caricias.
    
       
    La lengua circundó el valle, ascendió a beso lento por la ladera de la montaña marrón y arrastró hacia lo más empinado de la cima desnuda el chocolate que los labios juguetones habían esparcido por la falda de un volcán que entraba en erupción y dejaba el aire inundado del sonido del placer.
    El muchacho cogió a la dama en sus brazos fuertes y la tumbó en el sofá. Terminó de desnudarla, abrió otro yogur y esparció el chocolate por su cuerpo. Hundió la cara en su vientre, escarbó el ombligo dulce con la punta de su lengua, se sumergió hasta el delirio en la piel de ébano que se erizaba conforma la iba surcando con sus labios y, cuando su rostro al completo quedó bañado por el chocolate absorbido del cuerpo de Wynie, lo plantó frente a sus labios. Ella lamió la frente ancha, los párpados suaves y los pómulos prominentes. Limpió el chocolate que le caía por la barbilla con las puntas de los dedos y los introdujo en la boca del niño glotón que los chupaba con avidez. Y el niño envuelto en el deseo del hombre saboreó el resto del chocolate que tapaba el sexo femenino, achuchando el clítoris entre sus labios, absorbiendo cual abeja juguetona el néctar de la flor y deleitándose con el sabor dulzón del agua que salía de las profundidades y se mezclaba con el chocolate...
   Wynie alcanzó varios orgasmos seguidos en aquella orgía de chocolate y cuando los espasmos que estremecían su ser al completo redujeron su intensidad, volvió a la Tierra y vio al muchacho de rodillas frente a ella, con el torso desnudo, el pantalón bajado y su hermosa virilidad estallando bajo el bóxer negro. Sus manos liberaron al prisionero y lo acariciaron. Sus ojos se abrieron de par en par al comprobar admirados que aún crecía más. La hembra salvaje que llevaba dentro no pudo evitar la tentación de seguir el juego del muchacho. Fue a buscar otro yogur, lo abrió y expandió el chocolate por el tallo duro y brillante. Sujetando el escroto con la palma de su mano izquierda y el tronco con la derecha, lamió el chocolate que cubría el pene desde la base hasta el glande. Al llegar a este, lo introdujo por completo en su boca y desplazó la lengua arriba y abajo del frenillo, acompasando los movimientos de su cabeza a los de las caderas masculinas...
    Momentos antes de estallar de júbilo, el muchacho se retiró. Buscó un preservativo en el bolsillo de su pantalón y se lo puso. Se tumbó sobre ella y atravesó su interior resbaladizo con el miembro duro y ardiente. Las caras pegadas, las manos de cada uno apretando las nalgas del otro para hacer la penetración más profunda y las lenguas chupando los restos de chocolate que quedaron en los rostros. Se apretaron tanto que sus cuerpos se fundieron en uno, sus piernas se pegaron como colas de sirena y sus brazos se estrecharon en una unión de jadeos y besos de chocolate que los transportó a un firmamento de lujuria dulce...
    Al término de aquella mañana de orgasmos y chocolate, Wynie se regodeó contemplando la despampanante belleza desnuda del muchacho que descansaba en el sofá. Limpió las huellas de la orgía, ordenó la casa y despertó al muchacho con un beso en los labios.
  -Tienes que marcharte, le susurró al oído. Debe ser la hora de ir a buscar a mi hijo al colegio.
    El joven obedeció y se vistió con premura. Se dieron un beso largo y profundo. Él pellizcó sus nalgas y la despidió con su sonrisa provocadora y el destello de su mirada transparente. Wynie se dio una ducha rápida, se puso un pantalón tejano y una sudadera deportiva y miró el reloj. Tenía que salir corriendo. Faltaban pocos minutos para que dieran las cinto en punto de la tarde. “Hora torera y fin de la fiesta chocolatera”, exclamó con la satisfacción del guerrero que mostraba en su semblante el orgullo de la victoria.

SEXO INESPERADO

 ...La encaramó a su cuerpo y le hizo que sintiera la dureza de su miembro viril...
    Avanzada la mañana, Wynie Smith entró a hacer unas compras en el supermercado vecino a su casa. Pasó por la carnicería, la frutería, el departamento de lácteos y, finalmente, se dirigió a los refrigerados a coger mantequilla. Entonces lo vio, justo a su lado. El muchacho de mirada transparente TURBADA POR UN LIGUE IMPREVISTO examinaba los distintos tipos de yogures, sin que pareciera tener claro por cuál decidirse. Wynie lo miró de reojo pero no le habló. Echó lo que necesitaba al carro de la compra y siguió su camino. El muchacho la alcanzó y agarró su brazo derecho.
                   
   -¿Por qué vas tan deprisa? ¿No pensabas saludarme?
    Estaban frente a frente, él sujetando con fuerza el brazo de Wynie y pretendiendo desafiarla con el destello fulminante de sus ojos transparentes.
    -Suéltame, por favor. Me estás haciendo daño.
    -No me has contestado. Quiero saber por qué te largabas sin hablarme.
    -Dime tú por qué habría de hacerlo, le contestó ella al tiempo que liberaba su brazo con un movimiento brusco y se giraba para evitar el fulgor de la mirada transparente.
    -Estás muy borde. No lo entiendo, con lo bien que lo pasamos juntos. Recuerdo lo caliente que te ponía y cómo se te empinaban los pezones sin apenas tocarte, rememoró en un tono que ella consideró grotesco.
    Tanto, que le dedicó un gesto repulsivo del tipo “que te den” y enfiló a paso rápido el camino de la caja. El muchacho no tardó en escoger un paquete de yogures pequeños de chocolate, llegar a la fila para pagar y ponerse detrás de ella. Wynie sintió en la espalda su presencia poderosa pero no se inmutó. Quería mostrarle indiferencia absoluta. Abonó el importe de su compra, trasladó los artículos del carro del supermercado al suyo propio y abandonó apresurada el establecimiento. En su mente, el repiqueteo de las palabras frías que El muchacho de mirada transparente pronunciara la última vez que se encontraron “adiós, tengo prisa” AMARGO ADIÓS se mezclaba con la frase dedicada a sus pezones que tan mal le había sentado. “Paso del niñato este, por muy bueno que esté”, decía para sus adentros mientras arrastraba el carro de la compra hasta su casa. El muchacho la alcanzó poco antes de que llegara al portal.
    -No te enfades conmigo, por favor. No he pretendido ofenderte. Lo único que quiero es que lo pasemos bien. Invítame a tu casa.
    Wynie no le respondió. Abrió su bolso, sacó las llaves y se dispuso a abrir el portal del edificio. Él la interceptó antes de que entrara. Había cambiado su comportamiento altivo por una actitud simpática y cordial.
    -Vale, yo pongo yogures de chocolate. Mira, los acabo de comprar, le dijo obsequiándola con la provocadora sonrisa de sus labios carnosos y mostrándole la bolsa que llevaba en la mano.
     A ella le hizo gracia la ocurrencia del joven y se dejó arrastrar por la fuerza de la seducción.
     De acuerdo, pasa, cedió.
    Él depositó su bolsa en el carro de la compra de Wynie y lo llevó hasta la puerta del ascensor. Al abrirse, expresó un risueño “pasa, señorita, por favor” acompañado de una galante inclinación de cabeza. En el corto trayecto hacia arriba, la fulminó con una mirada que ella aguantó impasible. Mantuvo los ojos abiertos, recreándose ensimismada en el reflejo de su rostro en el interior de los lagos cristalinos del muchacho.
     Nada más entrar en casa y cerrar la puerta, la encaramó a su cuerpo y le hizo que sintiera la dureza de su miembro viril. La frotaba contra él al tiempo que le susurraba al oído.
     -Estoy empalmado al máximo y te voy a hacer muy feliz, siéntelo, siéntelo, repetía.
      Wynie lo separó con las dos manos.
     -Paciencia, espera un poco. Tengo que guardar la compra, le dijo.
     Wynie abrió el frigorífico y empezó a colocar los artículos adquiridos. Su acompañante se colocó tras ella, alzó su falda, bajó el tanga y pasó su dedo índice por el sexo húmedo.
     -¡Qué maravilla!, exclamó. Me encanta comprobar lo caliente que te pongo. Te deseo. He recordado muchas veces tu precioso chochito mojado. ENCUENTRO ESPERADO... Y DESEADO
       Ella se volvió, cortante.
    -Déjate de rollos. Ya me dijiste una vez que no querías estar conmigo. Hoy nos hemos encontrado y te ha dado el calentón. A mi también, de acuerdo, pero tus palabras sobran. Me gustaría que las evitaras a partir de ahora, ¿entendido?
     El joven no le contestó. La cogió por la nuca, la atrajo hacia sí y le tapó la boca con sus besos...      

ATADA

...Y la boca de la Cleopatra sumisa y atada chupaba con esmero un glande que sabía a miel y a especias orientales...
    Completamente desnuda y tumbada boca arriba, Olivia observaba ensimismada los adornos barrocos del techo de la lujosa suite. Sus muñecas atadas a los barrotes de hierro negro del cabecero de la cama impedían el movimiento de la parte superior de su cuerpo. EL DESEO DE LA REINA MORA Era la primera vez en su vida que un hombre la había inmovilizado y no sentía miedo. Ni siquiera estaba inquieta. El joven faraón, de pie frente a ella, la miraba fijamente, escudriñando cada centímetro de su anatomía, como si pretendiera estudiar todos los detalles para no olvidarlos nunca.
    -Olivia, Olivia, le susurraba, y a ella el sonido de su nombre en los labios de su amante le parecía música celestial.
                             
   Sin quitarle los ojos de encima, él se despojó del albornoz blanco, dejó al descubierto su cuerpo fornido y la vista de Olivia bajó del techo para deleitarse con el torso esculpido y la piel oscura, tersa y brillante de la figura masculina que mostraba una erección completa. Embobada en la contemplación de la hermosa virilidad, no se dio cuenta de que él abrió el cajón de la mesilla de noche contigua, sacó un pañuelo de seda azul marino y otro objeto que depositó sobre el mueble. Dobló el pañuelo y lo dejó caer con suavidad sobre los ojos de ella. Tomó entre sus dedos la pluma de ave que dejara sobre la mesilla y la deslizó lentamente por el canal de los pechos de Olivia, que cerró los ojos para entregarse de lleno a las sensaciones del objeto desconocido que acariciaba su piel. Pensaba que se trataba de algo parecido a una pluma, pero no podía verlo y tampoco le preocupaba. Y la pluma ejecutaba un baile sensual sobre su vientre y descendía hasta los labios de la flor cuyos pétalos vibraban al contacto.
    Los ojos de Olivia permanecían cerrados y tapados por el pañuelo azul. Su mente volaba al ritmo de las olas que cruzaban su interior y se esparcían en la orilla del placer. Los labios del joven faraón se posaban sobre los suyos; las lenguas se recibían sedientas de deseo y se fundían en un abrazo profundo e interminable; la pluma se paseaba por la entrepierna femenina, subía hasta las ingles y las cruzaba con un roce sigiloso. Los finos vellos erizados transmitían una corriente de gozo que atravesaba el cuerpo entero de Olivia y estallaba en su cerebro... 
    El joven faraón se encaramó a la cama, devolvió la luz a los ojos de su Cleopatra y situó frente a su boca el esplendor completo de su masculinidad. Le suplicó con las voces del deseo que lo besara, que lo acogiera entre sus labios, que le mostrara el camino y lo transportara al paraíso profundo de su garganta. Y la boca de la Cleopatra sumisa y atada chupó con esmero un glande que sabía a miel y a especias orientales. Empezó a introducir despacio y con maestría el falo ardiente y duro, su respiración acompasada al movimiento suave de las caderas masculinas, la boca que se abría más y más y la lengua que lo agasajaba con sus besos mientras lo conducía hacia dentro.
    Las rodillas del hombre se clavaron en la cama, su cuerpo se impulsó hacia delante y el instrumento al completo llenó la boca de Olivia y tocó las puertas del paraíso. Ella giró el cuello, sus músculos se dilataron y la herramienta cruzó limpiamente su garganta, sin ahogarse ni sentirse incómoda. Así permaneció unos instantes, quieta, las manos atadas a la cama, la cabeza inclinada, sintiendo la virilidad que crecía en el interior de su boca y mirando hacia arriba para deleitarse con la belleza del rostro extasiado del joven faraón. Él se movía como si la penetrara y ella respiraba al compás de sus gemidos.
   El joven faraón salió de su boca y se derramó en sus pechos y su vientre. Extendió cuidadosamente el semen por todo el delantero de Olivia, al tiempo que le decía con voz cálida que era bueno para su piel. Se tendió a su lado y le acarició el clítoris humedecido con su dedo índice. Presionando suavemente, inició un movimiento circular que adquiría velocidad conforme crecían los gemidos de placer de ella. Siguió y siguió hasta que Olivia tensó las piernas y recibió la corriente del orgasmo que electrificó su cuerpo atado de manos. Lanzó un gemido, echó la cabeza hacia atrás y respiró hondo. El joven faraón soltó sus ataduras y la besó en los labios...                                     

EL DESEO DE LA REINA MORA

"Un baño de Cleopatra con leche de burra. Para ti, mi reina", le dijo clavando los ojos en el canal de sus pechos...
    No hizo falta que Olivia se levantara a saludar al joven egipcio. Seguía en la barra de charla con el relaciones públicas del local cuando un camarero le trajo una nota del hijo del embajador. “Me gustaría que te sentaras con nosotros, belleza. ¿Aceptas?”. OLIVIA Y EL JOVEN FARAÓN Ella lo miró y le sonrió. Sus ojos negros le dijeron sí y él se levantó y se encaminó a su encuentro. Al llegar a su lado la besó en la mejilla y le tendió su mano derecha. La piropeó al oído y acarició con las yemas de sus dedos la larga y brillante melena negra femenina.
    -Tienes pelo de faraona, le dijo entretanto se dirigían a la mesa ocupada por el embajador y sus hermanos.
    -Tengo el placer de presentaros a mi gran amiga Olivia, afirmó orgulloso el homenajeado, y los caballeros la miraron y saludaron con gestos de complicidad.
   Y así, entre halagos aderezados con champán francés y bombones, transcurrieron las primeras horas de una larga noche de lujos y placeres en la que cuatro hombres adultos y uno joven se desvivieron por hacer realidad los deseos de una reina mora a la que colmaron de atenciones...
                       
    Los detalles del grupo masculino con Olivia no pasaron desapercibidos para el relaciones públicas del local que, justo cuando ella salía de la mano del joven egipcio, la despidió con una sonrisa ancha y un “que te diviertas mucho, reina mora”.
   Precisamente, como una reina mora se sentía ella. Más aún, cuando su amigo la invitó a compartir el broche de oro de la festiva madrugada: una magnífica suite en el hotel Ritz. Era el regalo de un orgulloso padre al hijo que cumplía 25 años y pasaría el resto de su aniversario gozando de las mieles de una hembra hermosa y ardiente...
   Un automóvil negro del cuerpo diplomático los llevó hasta la puerta de establecimiento hotelero. Olivia entró orgullosa en la recepción de ese palacio barroco, el hotel más exquisito y con mayor solera de la capital de España. De la mano del joven y apuesto faraón se sentía más alta, como si sus tacones crecieran y su ser entero percibiera que esa noche iba a tocar el cielo con las manos. Nada más entrar en la suite, el anfitrión se dispuso a llenar la bañera de hidromasaje para dos que presidía la gran estancia de aseo.
    -Vamos a empezar nuestra fiesta privada entre burbujas, reina. Voy a pedir que nos suban champán y estoy contigo.
    Ella, sentada en el sofá, liberaba sus pies de los altos stilettos y asintió lanzándole un beso de sus labios rojos. Él terminó de hablar por teléfono y se acercó a su lado. Le quitó la falda con delicadeza mientras besaba su cuello y dejaba al descubierto una medias de seda sujetas por ligueros negros de encaje a los que el hombre dirigía ávidas miradas de deseo. Entre besos y palabras susurrantes llegó el champán y la bañera terminó de llenarse. El muchacho cogió un pequeño frasco del bolsillo de su chaqueta, lo agitó y lo vertió en un agua que al instante se tornó blanca.
    -Un baño de Cleopatra con leche de burra. Para ti, mi reina, le dijo clavando los ojos en el canal de sus pechos.
    -¿Y llevabas el bote en la chaqueta? Si no sabías que ibas a encontrarme. Lo cogiste para la que te tocara, pero no importa. Es un bonito detalle.
    -Me lo dio mi madre antes de salir. Le prometí que solo lo usaría si encontraba a una mujer de verdad. Tú lo eres, la halagó.
    Se amaron sumergidos en las aguas repletas de espuma y teñidas del blanco de la leche de burra. Ardiente y romántico a la vez, el faraón secó con esmero cada pliegue del cuerpo de su Cleopatra y la condujo en brazos a la ancha cama. La tendió completamente desnuda y le pidió que cerrara los ojos. Cogió las finas medias que ella llevaba puestas y las usó para atar cada una de sus muñecas a los barrotes de hierro negro del cabecero de la cama...

OLIVIA Y EL JOVEN FARAÓN

  ...Recordaba los labios del muchacho recorriendo sus pechos, las manos hurgando en su interior humedecido y la boca roja que la besaba con una pasión inusitada...
    No podía ni verlo ni olvidarlo. El de 28 había telefoneado varias veces a Olivia N sin obtener respuesta por su parte. Incluso se dignó a visitarla en su casa pero ella no le abrió la puerta. Quería apartarlo de su vida y era consciente de que la mejor manera de conseguirlo era no verlo ni hablarle RELACIONES Y DECEPCIONES (II). Estaba profundamente dolida y convencida de que volver a empezar con él cualquier tipo de relación no le traería nada bueno. Ya lo había hecho en dos ocasiones y no tenía ni ganas ni fuerzas de intentar una tercera. EL REENCUENTRO DE OLIVIA Y EL DE 28
    “Nunca. Donde mejor está es fuera de mi existencia”, reiteraba para sus adentros frente al espejo, mientras se maquillaba cuidadosamente. A continuación peinó con esmero su larga melena negra, que lucía brillante y voluminosa. Se veía muy guapa. “Soy una mujer con poderío, capaz de volver loco a cualquier hombre. No necesito a mi lado un mocoso que me haga sufrir”, le hablaba a un espejo complaciente que le devolvía la imagen de hembra hermosa y segura que quería ver en sí misma. “Adelante. Siempre adelante y pisando fuerte. El pasado es éso, pasado”, se repetía en el ínterin de ponerse la chaqueta, coger el bolso y cerrar con llave la puerta de su casa.
    Esa noche salía sola y no le importaba. Tomó un taxi hacia una lujosa coctelería de la zona norte de Madrid donde conocía al relaciones públicas. Tomaría una copa tranquila, sin más pretensión que la de entretenerse un rato, aprovechando que no le tocaba hacer de madre.
    -La dejo aquí, si no le importa. El local está a menos de cien metros, pero hay un automóvil del cuerpo diplomático parado justo en la entrada. No puedo acercarme, le indicó el taxista.
   -Vaya, contestó Olivia con indiferencia, como si el asunto no le interesara lo más mínimo, aunque celebrara en su interior que la noche empezaba con visos prometedores...
                                  
    Apresuró el paso hasta la puerta y le sorprendió la amabilidad exquisita con la que la recibieron. No era cliente y no recordaba haber estado más de dos veces en ese lugar. Al acceder a su interior lo entendió todo. Estaba lleno de hombres y las pocas mujeres que había iban acompañadas.
    -Has elegido la mejor noche. Tienes para escoger, le dijo su colega el relaciones públicas a modo de bienvenida.
  Olivia miró a su alrededor: hombres en la barra, hombres en las mesas, hombres por doquier.
    -¿Que pasa aquí hoy, con tanto macho junto?, le preguntó.
    -Egipcios, contestó él. El hijo del embajador cumple 25 años y el padre ha invitado a todo el personal que trabaja a sus órdenes. Masculino, claro, ya sabes cómo son éstos, precisó con un guiño de su ojo derecho. Me han dicho que para los egipcios el cuarto de siglo es una fecha especial, pero la celebran sin mujeres, añadió haciéndose el interesante.
    -¿Y quién es el cumpleañero?, quiso saber Olivia.
    El relaciones públicas señaló al joven con un gesto. Ocupaba la mesa principal, situada a la derecha de la barra donde ellos se sentaban, y rodeada de sendos sofás de piel negra. Estaba acompañado de varios caballeros, todos mayores.
    -El padre y los tíos. Es hijo único, informó el relaciones públicas a una Olivia enmudecida, cuyo rostro se había vuelto rojo tras mirar al muchacho.
     -Te has puesto colorada como un tomate. ¿Es que lo conoces de algo?
     Olivia pensó unos instantes la respuesta.
      -De algo... más, contestó con una sonrisa pícara dibujada en sus labios.
     -Es guapísimo. ¿Acaso te lo has tirado?, la interrogaba el empleado con el retintín cotilla propio de los gays.
     -Yo no cuento esas cosas. Con lo que ya te he dicho tienes bastante, replicó Olivia en tono irónico. Recordaba los labios del muchacho recorriendo sus pechos, las manos hurgando en su interior humedecido y la boca roja que la besaba con una pasión inusitada..LA FARAONA Supo entonces que no se había equivocado.
    -La noche promete, comentó a su colega, ya relajada y sin querer darle importancia al asunto del joven egipcio.
   -Te lo dije cuando llegaste. Y si además conoces al hijo del embajador... ¿No vas a saludarlo?
     -Que venga él a saludarme a mi, contestó Olivia en plan divina.
  Y algo parecido sucedió, aunque eso os lo contaré en la próxima entrada...

SEXO EN EL COCHE

...La intrépida lengua exploraba y se adentraba en cada rincón del bosque humedecido por la lluvia del placer...
     Mientras la puerta del ascensor permanecía abierta y el Principito tocaba con su lengua el cielo de la boca de Emi, ella empezó a vivir una película entre la realidad y la ilusión. Lo que tantas veces había soñado que ocurriría con su amor platónico se hacía realidad ahora, al lado de otro hombre muy parecido a él aunque más joven. La decisión estaba tomada. No lo rechazaría. EXCESO DE CHAMPÁN
    El hemisferio derecho de Emi, el que potencia la imaginación y la fantasía, determinó que quería seguir el juego de ese Principito de ensueño que había bajado desde su mente al mundo para tocarla aquella noche de sábado...
    Tomaron el ascensor dos plantas más abajo. Sin palabras. Emi miraba los bucles rubios del muchacho, su tez blanca y sus labios rosados, dibujados en un rostro tan familiar que le hacía olvidar que estaba invitando a su coche a un desconocido. Pulsó el mando a distancia que sacó del bolso. Se abrieron las puertas del vehículo y ella se sentó en el asiento del conductor. Él se dispuso a entrar a continuación. Emi se echó hacia la izquierda y le hizo un hueco a su lado. El Principito se acomodó y la abrazó. Las caras pegadas y ella intuyendo el próximo acontecer antes de que pasara. Pensó en su lengua lamiéndole la cara como si fuera un animal a su cría y él lo hizo. Chupaba sus mejillas de una forma primitiva, tal como hiciera otra noche ya lejana en la pista de baile de una discoteca de moda EL AMOR PLATÓNICO DE EMI ABBOTT.
    Emi cerró los ojos y se entregó al gozo de la lengua restregando su piel a modo de instinto básico; bajando por su cuello al tiempo que el Principito desabrochaba su camisa y dejaba al aire sus pequeños pechos prominentes; chupando los botones con ansia mientras el agua brotaba de la fuente del paraíso de Emi; y llegando hasta el cofre del tesoro que se abría para recibirla. “Es mi Principito y yo, la rosa de su planeta”, pensaba Emi en los momentos en que la intrépida lengua exploraba y se adentraba en cada rincón del bosque humedecido por la lluvia del placer.
    Apretujados en el asiento delantero del coche y medio desnudos, las manos de ambos se afanaban en la doble tarea de acariciar y terminar de quitar la ropa. Escucharon ruidos y Emise sobresalltó. Los pasos y las risas de algunos invitados que llegaban a recoger sus vehículos alteraron la quietud y el silencio de aquel aparcamiento hasta entonces solitario. Tuvo la suerte de haber estacionado su automóvil en un rincón difícilmente visible y aún así, no pudo impedir que la perturbara el recuerdo de la experiencia de su amiga Wynie, pillada in fraganti mientras disfrutaba de un rato de sexo en el coche de su amante, un conocido líder político con quien mantuvo una relación prohibida cuando ambos estaban casados  MIS AMIGAS
    “Yo no tengo tan mala suerte como Wynie. Nadie me verá y no ocurrirá nada”, pensaba mientras trataba de agazaparse al tiempo que el Principito abría sus piernas y situaba entre ellas su rubia cabeza. No se trataba de un amante experto, pero sí de un aprendiz voluntarioso que se dejaba guiar por las manos de su maestra y la intensidad de sus gemidos. La sedienta lengua del Principito hurgó con delicadeza entre los pétalos de su rosa, que volaron hasta alcanzar aquel planeta paradisíaco que pertenecía a los dos en exclusiva.
    Emi quiso llevar a su Principito al mismo paraíso del que ella disfrutaba y abrió sus piernas para devolverle el regalo. No tuvo que afanarse mucho. Nada mas tocar con su mano derecha el árbol del placer, sintió que su savia brotaba como un torrente y regaba parte de su cuerpo y del asiento delantero del coche.
   -No he podido aguantar. Te deseaba tanto que he disfrutado cuando tú lo hacías. Quería tocar el cielo junto a ti”, le dijo el Principito al oído en un tono que denotaba la ternura del niño y la firmeza del hombre.
    Fueron sus únicas palabras. Se vistió de inmediato. Emi lo secundó y arrancó el coche. Estaba decepcionada y tampoco habló. Ése tórrido y sorprendente encuentro que no llegó a culminar se le antojaba demasiado corto. Estuvo tentada de proponer al Principito que fueran a un hotel a pasar el resto de la noche pero no lo hizo porque escuchó a su otro hemisferio, el izquierdo. El lado racional de su ser, el que le hacía posar los pies en la tierra, la incitó a descartar aquella aventura. Se topó de bruces con una realidad que no le gustaba: su acompañante no era ningún Principito, sino un joven inexperto y ávido de sexo del que ni siquiera recordaba su nombre. Cuando el automóvil pasaba por la Plaza de Colón, el muchacho le pidió que parara y se despidió tal como se habían conocido. Sin palabras y con miradas que indicaban deseos inconfesables...

EXCESO DE CHAMPÁN

...Su lengua en la garganta mientras la puerta del ascensor permanecía abierta...
     Sábado. 21,30 horas. Una enfurecida Emi Abbott terminaba de maquillarse en el baño de su casa. No la hacía para salir con su íntima Wynie Smith ni con ninguna otra amiga. Estaba obligada a asistir a una cena que organizaba una marca de moda y complementos de lujo para entregar el premio al joven diseñador más destacado del año. Para colmo de males, le habían pedido que fuese ella quien entregase el segundo premio, quedando el primero y el tercero para el accionista mayoritario y el director de la citada marca, respectivamente. Se trataba del mayor anunciante de su revista y, por razones obvias, no pudo negarse ni a asistir ni a participar en el paripé del premio.
    Estaba muy enfadada esa noche y no solo porque tuviera que tragarse un evento que no le apetecía nada. También, porque no conseguía que la nueva amiga de su amante El Polaco dejara de martillearle la cabeza. RELACIONES Y DECEPCIONES “Una brasileña que le hará lo más grande del mundo y éste, con lo que le gusta el vicio, estará loco de contento”, maldecía para sus adentros.  A la vez, su otro yo trataba de consolarla recordándole que a nadie podría El Polaco amar más que a ella, su geisha UNA AUTÉNTICA GEISHA y que cualquier otra mujer no pasaría de ser un entretenimiento banal que lo alegrara en su ausencia.
    Se miró varias veces al espejo antes de salir de casa. No se veía nada guapa esa noche. Se sentía insegura y vulnerable. Una situación que puede atravesar cualquier persona pero que a Emi Abbott, directora de la revista de moda y tendencias más leída de España, le estaba vetada en público. Ella se encontraba obligada a representar el mismo papel de siempre: el de la mujer fuerte, segura y con aplomo, sin perder la coquetería ni la delicadeza propias de su género. Se mentalizaba para ello mientras conducía lentamente por las calles de Madrid en dirección al hotel donde iba a celebrarse la gala.
    Llegar, repartir sonrisas y besos, sentarse, comer poco y agradar mucho, soltar el discursito -mientras más breve, mejor- y desaparecer, entre efluvios de champán, nada más finalizar el acto. Tenía que salir airosa de todo ese recorrido y después, sería libre. Podría optar por irse a casa a descansar o llamar a Wynie Smith y citarse con ella en El Maligno. Por lo imprevisible de su carácter, lo decidiría cuando llegara el momento.
 
    La vida está llena de azares que juguetean a su capricho con el pensamiento, el deseo y la realidad. Las cosas suceden cuando menos se esperan y el evento al que Emi asistía obligada aquella noche de sábado le brindó la oportunidad de resarcirse de El Polaco y su nueva amiga La Brasileña. El acontecimiento empezó a fraguarse durante la cena. Le asignaron un asiento entre los dos jóvenes diseñadores galardonados con el segundo y el tercer premio. Este último era un muchacho rubio, blanco y delicado, que a Emi le recordaba a su amor platónico. EL AMOR PLATÓNICO DE EMI ABBOTT. Era tierno y tímido. Ella se dio cuenta de que la miraba de reojo y enrojecía al sentirse descubierto y turbado por el penetrante destello azul que sus ojos le devolvían. Y así, envueltos en un enjambre de miradas que iban y venían; que escondían pasiones ocultas y desvelos inconfesables, transcurrieron las horas de cena, gala y protocolos sucesivos...
    En el momento en que Emi sintió el exceso de champán, se disculpó con la excusa de ir al baño y aprovechó la ocasión para abandonar el local. No miró atrás y no se dio cuenta de que el muchacho la seguía hasta que se paró frente al ascensor que conducía al parking. Giró la cabeza y allí estaba él. Quieto. Alto y espigado. “Mi principito”, pensó ella, y todas las fantasías que había imaginado y soñado con el auténtico Principito AMOR PLATÓNICO Y PERSISTENTE llegaron a raudales en forma de imágenes de videoclip: veloces posturas, momentos y miradas... Allí estaba, alto, espigado y esperando una señal de ella. Es, ha sido y será una de las grandes decisiones de Emi, pero no se equivocaba o al menos eso creía ella. Claro que tales pensamientos le llegaban en el mismo momento en que él metía su lengua en su garganta mientras la puerta del ascensor permanecía abierta... CONTINUARA....